El Último Pingüino

Exclusivo en carlosgustavoalvarez.com

 

Por Carlos Gustavo Álvarez G.

Marín, el pingüino filósofo, estaba mirando el comienzo de la grieta,   cuando sintió el estruendo y el mundo comenzó a temblar.

El hielo sobre el que estaba parado se quebró bruscamente, y la ruptura se amplió convulsionada, rompiendo el hilo blanco de 4,5 kilómetros que conectaba el iceberg al continente.

Marín se movió con la torpeza de su andar terrestre, mirando hacia el punto donde un grupo de pingüinos, incluida su familia, se batía en retirada emitiendo un graznido que él, francamente, nunca había escuchado.

Todo era un caos en ese lugar ubicado en los mares de Bellingshausen y Weddel, al occidente de la península Antártica.

Era el miércoles 12 de julio de 2017.

Marín cerró los ojos.

Y solo los volvió a abrir unos días después, cuando no le costó mucho trabajo entender que estaba navegando sobre una extensión infinita, monocromática con su cuerpo blanco.

Bueno, infinita para él, que no sabría ni en ese momento ni nunca, que estaba flotando en una masa de 5.800 kilómetros cuadrados denominada A68, el iceberg de mayor tamaño del que se tenía noticia desde que se habían implementado los registros de la Antártida, el continente gélido.

Hasta aquí se han dicho varias cosas. Que Marín era blanco. Que nunca más volvería a ver ni a su familia ni a los otros pingüinos. Y que Marín era un pingüino filósofo.

Eso hay que explicarlo.

--¿Qué haces, Marín? –le preguntó un ave albatros llamada Diomedea, que volaba por la zona--. ¿Qué ha pasado aquí?

--Verás –le dijo Marín--. Esto es como la vida, Diomedea. Las grietas se van abriendo en el amor. En las relaciones. No solemos prestarles atención. A veces, incluso, porque su origen es tan profundo que nada de lo que hagamos por detener el resquebrajamiento evitará su patético derrumbe. Eso ha pasado aquí. Estaba anunciado…

--Ay, Marín –dijo Diomedea con sus enormes alas quietas--. Tu siempre filosofando…

Marín tenía razón. Iba montado sobre un pedazo de la Plataforma Larsen C, que ya estaba flotando sobre el agua y que cada segundo, aunque no se notara, iba disminuyendo su tamaño. Lenta. Imperceptiblemente. Desde hacía por lo menos 10 años se monitoreaba el proceso, pero la ruptura se desató en 2014.

Pero Marín no podía explicarle eso a Diomedea. Por una sola razón: porque no lo sabía. Y sin embargo, Marín, que creía más en la intuición, se lo dijo a su amiga con estas palabras:

--Los iceberg son como la vida, Diomedea…

--Oh, no, otra vez… –dijo Diomedea.

--Solo se ve muy poco porque su verdadera historia, su profundo pasado está sumergido en el fondo del mar.

Diomedea voló y le trajo alimento a su amigo, antes de ir a alimentar a los suyos. Y a ella misma, por supuesto.

No se volvieron a ver. Por un tiempo.

Marín, que había aprendido a manejar la soledad –y que consideraba esa su conquista filosófica más importante porque lo salvaba de otorgarles a otros el poder de hacerlo feliz o de desdicharlo--, se dedicó a otear el panorama.

Vio pasar muchos grandes pedazos de hielo. Uno, incluso, se estrelló contra el suyo. Era pequeño y no causó conmoción. Pero otro… Marín creyó que era el final. No imaginaba que cada año se producen unos 5.000 témpanos antárticos, seis veces más de los que genera el Ártico.

Alguien hubiera podido hacerle a Marín una aclaración geográfica, mientras el viento frío le soplaba con fuerza las plumas de su cuerpo albino.

Pero cómo.

Decirle que antártico es lo opuesto al ártico, que queda en el Polo Norte. El continente Antártico es el sur geográfico del mundo, el territorio más austral de la Tierra.

En el Océano Austral, calculan, hay unos 200.000 témpanos.

Pero la palabra austral ya no la enseñan en los colegios.

Marín dormía. Marín se despertaba. Marín dormía. Marín…

Y bueno, Marín iba viendo cómo cambiaba su vehículo helado.

“Un viaje es una transformación”, pensaba Marín.

Iba a decir “como la vida”, pero Diomedea, antes de irse, le había dicho que, por favor, no dijera más que todo es “como la vida”.

Y sin embargo, Marín no se equivocaba.

El A68 había comenzado a romperse, a vivir muchas transformaciones. Muy, muy lejos de allí, una mujer que conocía la Antártida y se llamaba Ángela Posada – Swaford había escrito en un periódico de Bogotá, cuatro días después del desprendimiento del tempano tabular, que así se conocía:

Durante su viaje desde el polo, el hielo, que es muy plástico, sufrirá una enorme serie de transformaciones —describió Ángela--. Será compactado, arrastrado, deslizado, partido, desmoronado, derretido y vuelto a congelar. Sometido a enormes presiones internas, su corazón ha acumulado burbujas de aire desde tiempos inmemoriales que nos dicen cómo era la atmósfera prehistórica. El iceberg es tan denso, tan compacto por su vejez y el peso de todo lo que ha debido soportar, que absorbe todos los colores y refleja el azul. Los expertos leen las capas de su corazón como si fueran los anillos de un árbol, registrando todas las nevadas y los cambios de temperatura que experimentó. El grosor de un témpano tabular varía entre los 100 y los 1.000 metros, desde la cima hasta la parte sumergida más baja. Y como el 90 por ciento de su masa está bajo el agua, ver uno de 50 metros de altura, por ejemplo, significa que de ahí para abajo ¡hay 450 metros de hielo! Y son tan compactos que permanecen años –hasta más de una década– en el paisaje, partidos en trozos errantes. A veces ‘migran’ hacia el norte, por lo cual Argentina y Chile podrían ver hijos del A68 dentro de algunos años”.

Ángela es una expedicionaria antártica, la más destacada periodista científica de Colombia.

Y Marín hubiera querido leer a Ángela.

Pero Marín no leía periódicos.

Y solo, ya saben ustedes, por su intuición advertía que algo estaba pasando. Y que eso era…

Que había pasado un año y su masa polar de un billón de toneladas estaba detenida. Se mecía, digamos, en el mismo lugar. Y no podía enrumbar hacia ningún sitio.

“Como la vida… –habría pensado Marín--. Así les pasa a muchas personas”.

Se esperaba que el A68 se dirigiera hacia el Norte. Era su camino hacia el Océano Atlántico.

Y eso no había pasado.

La verdad, como dicen ahora, es que no se sabía si eso había sido lo mejor. En el Norte y hacia el Atlántico era un peligro para la navegación. Tan grande. Un iceberg naufragando por ahí…

Ni siquiera lo habían movido los vientos del litoral.

(Hay que decirlo con cierta pena: la palabra “litoral”, tan linda y tan costera, tampoco se está enseñando en los colegios, qué le vamos a  hacer).

Así que el A68 no había sido expulsado del continente.

En cambio, sí había sido olvidado.

Los medios de comunicación difundían los hechos de la corrupción, del desorden político, del estremecimiento social.

Y la banalidad, claro.

No volvieron a reparar en el A68.

No, como lo hacían los climatólogos, los glaciólogos, los ambientalistas. El A68 –Ángela lo escribió— iba a dejar muchas lecciones sobre lo que podría sucederle al resto de su querida Antártida.

Y en lo relacionado con el aumento del nivel del mar…

Ya saben, el deshielo podría ocasionar la extinción de la flora y la fauna. El mundo, la gente, los medios tal vez no consideren grave perder  una especie de osos. O las ballenas. Qué desaparezcan los pingüinos…

--¿Cómo? –dijo Marín.

Estaba comenzando a quedarse dormido cuando oyó la voz.

Venía de un rompehielos.

Lo llamaban mediante un altavoz.

Le llegaba el eco.

--¡Pingüinoooooo! –le gritaban desde el Polastern--. ¿Qué haces?

Marín, que también tenía sentido del humor porque era un pingüino inteligente y el buen humor es la máxima expresión de la inteligencia, hubiera querido decirles…

--Aquí tomando el sol. Veraneando. Gracias.

Pero no lo hizo.

No les explicó lo que había pasado (ya lo sabían). Habló algo de lo que le había ocurrido, el largo viaje, el encuentro con Diomedea, que venía de vez en cuando a traerle comida… Y quería manifestarles las ganas que tenía de una buena zambullida y tal vez, hacerles alguna reflexión.

Pero la voz no volvió a salir del Polastern.

Polastern significa “estrella polar”.

Y así quedó Marín. Regresó a su soledad. Estático. Inamovible.

Nadie le contó que en ese año, a casi un mes del desprendimiento, se agotó el presupuesto ecológico de la Tierra.

Fue el 2 de agosto de 2017.

¿Qué estaba haciendo ese día Marín?

A ver…

Se celebró el llamado Día Mundial del Sobregiro. Significa que la Humanidad consumió en ocho meses los recursos que el Planeta es capaz de renovar en un año.

Y eso pasa porque entre todos, los muy pronto 8.000 millones de habitantes de esta tierra en la que nace uno cada segundo, emitimos más dióxido de carbono a la atmósfera del que nuestros océanos y bosques pueden absorber.

Ya saben, animales y plantas mueren y se agotan, se extinguen, más rápido de lo que pueden renovarse.

Y es difícil imaginar lo que necesitamos para cubrir todas las necesidades globales: 1,7 planetas.

No basta con este.

No, a este ritmo.

Estanos viviendo a crédito.

Como eso está pasando, dos semanas después de agotarse el presupuesto, el proyecto Ice Memory decidió crear la primera gran biblioteca de núcleos de glaciares de diferentes zonas del mundo.

“Antes de que se derritan del todo”, destacaba la noticia.

--No lo puedo creer –dijo Diomedea.

Marín estaba pensando que, como la vida, la naturaleza solo deja lecciones. Todo pasa por alguna razón. Y deja siempre alguna enseñanza. Para el que está atento y sabe entender.

--¿Qué no puedes creer? –preguntó Marín.

--Que sigas acá, pequeño –-dijo Diomedea--. ¿Por qué no te vas a casa?

Marín creyó conveniente compartir con su amiga –en verdad, su salvadora, por aquello de la comida y no nos digamos mentiras, por los diálogos que sostenían de vez en cuando--  las razones por las que no se iba a su casa.

--La principal, Diomedea –dijo el pingüino--, no tengo alas como tú. Quiero decir, para volar. Soy un campeón cuando me zambullo.

--Válido –respondió Diomedea mirando al horizonte--. ¿La segunda?

--Bueno, que no sé dónde está mi casa.

--Te la acepto –dijo Diomedea--. ¿Hay una tercera?

--Por supuesto –respondió Marín--. No quiero irme, Diomedea. Sabes, como la vida…

Su amiga lo miró muy seria.

--A veces nos pone en lugares y frente a hechos que no van a repetirse. ¿Sabes lo que es estar a bordo de este pedazo enorme de hielo?

--Bueno, qué te digo –-respondió Diomedea--. Te visito. Y creo… he sido tu única compañía…

--Válido –respondió Marín--. Y no sabes cuánto te quiero por eso. Debo estar aquí porque soy un privilegiado. ¿Extraño a mi mamá? Sí. Pero tarde o temprano iba a separarme de ella. Simplemente me adelanté, Diomedea. He visto esto, vivido esto. Ha sido una experiencia maravillosa.

--Déjame decirte, Marín –dijo Diomedea--. Y no creas que soy una aguafiestas. Lo escuché el otro día que pasaba por un rompehielos…

Marín atendió a su amiga.

--Esto no se ha movido, Marín.

--Lo sé, Diomedea.

--¿Entonces?

--Bueno, no por eso resulta menos apasionado. Cada día, cada largoooo, largooo día, y cada largaaa, largaaa noche han sido maravillosos.

Se quedaron en silencio. Un ratito. Largooooo…

Y mientras estaban así, hacía varios meses había ocurrido un suceso que no pudieron ver los turistas. Porque los turistas siempre están esperando ver algo. Querían presenciar el derrumbe del arco natural formado por el hielo del glaciar Perito Moreno en el Parque Nacional de los Glaciares, en el sur de Argentina.

El fenómeno no se daba desde marzo de 2016.

Es considerado un grandioso espectáculo natural.

Y la noche del domingo 11 de marzo de 2017, el arco colapsó.

Nadie lo pudo ver.

La naturaleza tiene sus momentos.

Eso pensó Marín cuando su habitáculo de hielo comenzó a girar.

Dejó de mecerse.

Y comenzó a girar.

Marín estaba expectante.

En realidad, seamos sinceros, Diomedea no había regresado. Marín no sentía hambre. Y su afecto por ella era verdadero.

No era una proveedora de comida.

Era una amiga.

Su amiga.

Su única amiga.

Una compañía.

Sin estadísticas, Marín no las tenía, cómo iba a saber que un poco más de cien mil albatros mueren cada año por las redes de los grandes buques.

Diomedea…

¡No!

Por eso se concentró en que la masa giraba. Se había desviado repentinamente. Todos los “ólogos” y los “istas” –ustedes ya saben—advirtieron que el A68 estaba a la deriva. Imágenes interpretadas del satélite SAR Sentinel-1 señalaban un impulso hacia el norte. Con rapidez. Podría estar devolviéndose. Colisionar con la plataforma Larsen C, de la que se desprendió.

Situada en el Mar de Weddell –que se llama así porque fue descubierto en 1823 por el marino británico James Weddell--, es la cuarta plataforma de hielo más grande en la Antártida. Tiene un área aproximada de 44.000 kilómetros cuadrados.

Digamos, como Dinamarca, que es un poquito más chiquita.

Hoy ya se ha establecido que A68 no es producto del deshielo catastrófico causado por el Calentamiento Global. Es decir, eso se sabe hasta ahora. Es más bien parte de un proceso llamado “de parto natural”. La liberación de iceberg equilibra la entrada de hielo de los glaciares que alimentan la plataforma.

Ojalá.

Lo único alarmantemente cierto es que hay una tendencia de retroceso y colapso de otras plataformas de hielo en la Península Antártica.

El año 2019 sigue su marcha.

El mundo no detiene su camino hacia un punto de no retorno.

Tal vez vuelvan a hablar del A68.

Es difícil.

Por allá. Tan lejos. En medio de tanto frío.

Solito.

Las noticias deben ser calientes. Impactar y constituirse en un rompehielos de la indiferencia que tiene la humanidad hacia la muerte, hacia la pobreza, hacia la desigualdad, hacia la extinción de especies y con ellas del Planeta.

Cómo será de grave el Calentamiento Global que entre las decisiones que están tomando los humanos para salvar la Tierra, la fundamental y mayoritaria es no traer más humanos por acá.

Cualquiera que sea ese destino, ojalá alguien se acuerde del A68.

Porque allá, un día del largooo día o una noche de la largaaa noche, un ave albatros volvió a buscar a su amigo.

Había pasado mucho tiempo.

En general, en la Antártida pasa mucho tiempo, aunque no parezca que pase mucho tiempo.

Él la vio llegar y se pudo feliz.

Cómo la había extrañado.

Se abrazaron.

También entre las aves, el abrazo es maravilloso.

Así estuvieron durante…bueno, ya saben, muchooo tiempo.

Y entonces él sintió la sangre en las alas de su amiga.

Ella le contó que había escapado de las redes, que había sentido en sus alas un aguijón de dolor. Y sin embargo, voló…

Voló para buscarlo.

No pasó lo mismo con sus compañeros.

No pasa lo mismo cada año con plantas, animales, insectos, criaturas marinas…

Voló. Escapó. Y llegó a ese universo de hielo.

Ella se llama Diomedea.

Él es un pingüino.

Se llama Marín.

Es posible que mueran juntos.

Tal vez abrazados.

La amistad es un calor que rompe el hielo.

Un alivio que conjura el dolor.

Como la vida…

Diría Marín.