En cuatro frenéticas semanas, Carlos Gustavo Álvarez los entrevistó de cara a su experiencia frente a la ciudad. Escritor y periodista, memorialista de alcaldes, actual asesor de Fernando Panesso Serna, presidente de EPM • Bogotá, escribió este libro con pasión y entrañable ternura y sigue transitando la ciudad al paso del impenitente caminante y al trote del atleta solitario.
— Revista Diners, Carlos Gustavo Álvarez frente a la ciudad, enero de 2003.
Este libro del periodista Carlos Gustavo Álvarez, Bogotá de Memoria, editado por EPM • Bogotá, más que recrear la bonanza actual de la capital del país, se interna en su pasado por medio del testimonio de algunos de sus personajes característicos, no necesariamente todos ellos oriundos de las capital… Bogotá está de moda. Y con este libro, Carlos Gustavo Álvarez ha logrado dar en el clavo de aquellos que, a pesar de su reverdecer, aún sienten nostalgia de un pasado que ya nunca volverá.
— Bogotá está de moda, reseña de libros, Revista Gerente, marzo de 2003.

Pendejadas de Alfonso López Michelsen

En el libro Los retos del Poder (carta a los ex presidentes colombianos), Plinio Apuleyo Mendoza habla de su educación como un muchacho de la clase alta bogotana, que “nació en una casa contigua al lugar donde hoy se alza el Jockey Club, en un costado del Parque Santander”. Escribe que, sin embargo, los recuerdos de su infancia no están allí, sino “en aquella casa de la carrera octava, entre calles 13 y 14, junto al Banco de Colombia, donde usted creció hasta que fue enviado a Europa”. Son los años 20 en Bogotá, “la casa es enorme”, escribe Mendoza, dotada con lujo y elegancia, y su vida es casi principesca con coche de caballos, ofrecimiento frecuente de comidas bailables y trato con “la crema de la alta clase bogotana”. ¿Fue así realmente?

 

-- No. Le voy a echar esos cuentos al derecho. Yo nací en una casa situada en el Parque de Santander, exactamente donde hoy quedan el Museo del Oro y el Jockey Club. Y de allí no tengo ningún recuerdo, por obvias razones. Después vivimos en una casa en la calle 14 con la carrera octava, que pertenecía a la familia Casabianca y que mi padre había tomado en arrendamiento. Y más adelante vivimos en la carrera octava entre calles 14 y 13, en una casa vecina al Banco de Colombia. Todo esto corresponde a las alzas y bajas de la fortuna familiar, quiero decir, las situaciones por las que atravesaba Alfonso López Pumarejo. Cuando yo nací, él era socio de la firma de Pedro A. López & Cía., mi abuelo, que era el primer exportador de café de Colombia y fue uno de los hombres más ricos del país hasta el año 1923, en el que, a causa de uno de esos desplomes del precio del grano, entró en cesación de pagos. En el año 1917, cuando yo tenía apenas cuatro años, mi padre se retiró de la firma y aspiró a establecerse en forma independiente, asociado con su cuñado, Carlos Michelsen Lombana, hermano de mi madre. Para entonces, los ingresos de mi padre eran mucho más reducidos que en la época en que él formaba parte de la firma de mi abuelo. Entre 1917 y, calculo, 1919 ó 1920, llevó una vida muy modesta y de relativa estrechez económica. Sin embargo, un amigo de él, americano, fundó un banco por el estilo de lo que hoy es el National City Bank, es decir, que cubría toda la América. A mi padre lo nombraron, pues, gerente del Banco Mercantil Americano. Con tal motivo mejoró nuestra situación económica y nos trasladamos a la casa de la carrera octava, donde vivimos por lo menos unos doce o quince años. Para entonces, el Banco puso a disposición de la familia un automóvil Cadillac, uno de los primeros que llegó a Colombia, cuando aún la gasolina había que importarla, porque no estaban en exploración los campos de la Concesión De Mares, donde se produjo el primer petróleo colombiano. Sin embargo, cuando sobrevino la cesación de pagos de la Casa López, mi padre, que no estaba en buenos términos con sus hermanos y con mi abuelo, a quien yo no vine a conocer sino cuando tenía unos diez años, mi padre, en vista de la situación a la que había llegado la firma de su padre, renunció a la gerencia del Banco Mercantil Americano. A consecuencia de la desaparición de esa fuente de ingresos, ya no hubo más automóviles ni más vida fácil.

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