Trabajé con Jaime Jaramillo Escobar, el admirado X 504, en faenas de publicidad, que el cumplía con el rigor de su vida espartana y que yo aprovechaba para avistar los secretos de su poesía impecable. Me correspondió el honor de ponerlo en contacto con Darío Jaramillo Agudelo, a quien admiro y quiero con todo mi corazón. Yo había leído “Tratado de Retórica” y sucumbido al encanto de esa forma nueva de hacer poemas. Irrumpí en su oficina de abogado para conocerlo, y a Darío debo el gran impulso de mi carrera de escritor.

Cuando era Director de la revista Elenco, y se comenzó a transmitir la telenovela “El bazar de los idiotas”, conocí a Gustavo Álvarez Gardeazábal. Había padecido la confusión honrosa de ser felicitado por escribir “Cóndores no entierran todos los días”. Aún usufructo ese desliz que no tiene reversa. Si era admirador de Gustavo, el tiempo transcurrido desde que lo conocí, y que ya supera los 20 años, me ha confirmado su presencia como una fortuna literaria y un caudal de afecto.

A todos ellos, agradezco y dedico esta nueva experiencia de palabra virtual