La idea de abarcar en un cuento largo la historia de la capital de la República, y establecer conexiones entre los lugares y gentes del pasado con los actuales, no sólo es buena sino efectiva. Sobre todo si se trata de picar la curiosidad de los jóvenes que apenas se inician en la lectura y pueden encontrar más de un dato curioso en este ameno recorrido de dos niños que, en compañía de sus abuelos, descubren qué hay detrás de cada rincón de Bogotá o de cada uno de los nombres que forman parte del cotidiano. Es la misma Bogotá de siempre, pero recorrida con una mirada fresca y desprevenida.
— Revista Credencial, reseña de libros por Samuel Espada, Enero 2006.
La vuelta a Bogotá en un poco más de 500 años: vivencia de historia para jóvenes lectores, de Carlos Gustavo Álvarez G. marcará, a mi modo de ver, un verdadero hito en la forma de contar la historia de Bogotá para aquellos que ya han comenzado a leer.
— Fernando Panesso Serna, Nueva historia bogotana, Lecturas Fin de semana, El Tiempo, 7 de enero de 2006.
Estimado amigo: la verdad es que mis conocimientos sobre Bogotá son más bien anecdóticos y biográficos. Aprecio su trabajo y por tanto le envío unas pocas líneas. Como a todo educador, le deseo suerte y paciencia.
— Fernando Savater, epígrafe a La vuelta a Bogotá en un poco más de 500 años, 25 de marzo de 2005.

La Reina y las Abejas

El abuelo aspiró una bocanada de aire como si fuera a inflar una bomba de fiesta y fue levantando la mirada hasta fijarla en la estatua del hombre que con el dedo índice de su mano derecha señalaba hacia el sur.
Por un momento quedó como extraviado en un tiempo que le pertenecía en secreto.

--Aquí comenzó todo --dijo.

Sara miró a Alejandro y Alejandro miró a Sara y se encontraron en un conocimiento cómplice. Así era el abuelo. Siempre decía que la vida de todas las cosas iba más allá de ellas. No entendíamos su presente y no imaginábamos su futuro, por la sencilla razón que no conocíamos su pasado. Si aquí había comenzado todo, la única certeza era la perspectiva de un largo viaje.

--¿Con Diego? --preguntó Sara, que se había apartado y miraba con atención la base de piedra de la estatua.

Como sacado de repente del mundo pretérito en que se había refugiado, el abuelo reaccionó buscando a un intruso.

--¿Diego? --preguntó-- ¿Cuál Diego?

--El de la estatua --dijo Sara, que ya volvía de merodear el pedestal del monumento.

Alejandro, que era como un traductor, un puente entre las orillas extremas y al mismo tiempo próximas de su hermana y del abuelo, señaló la palabra, escrita en letras negras y antiguas, un trazo grueso como fijado con la pintura dispersa de un aerosol.

--“Diego”, abuelo –-dijo Alejandro--. Es un grafito. Alguien, supongo que “Diego”, porque no fue la novia de Diego ya que no dice por ninguna parte “Amo a Diego”, escribió la palabra “Diego” por todas partes.

El abuelo atendió la explicación de Alejandro y devolvió su mirada a la base de la estatua para reparar que, como en un rasgo de LucídaBlackletter, ahí estaba el nombre de “Diego”.

Sólo entonces, como si cayera de un globo colapsado, volvió a vivir en la tarde penumbrosa de ese sábado, en ese punto de Bogotá. Reparó en el ajetreo del tráfico y el ruido de los carros que iban hacia el Aeropuerto El Dorado o volvían de él, en las busetas que salían de Fontibón. Y se vio con su nieta y su nieto en el inmenso cuadrilátero que albergaba en sus extremos, frente a frente, las estatuas. El cuchicheo entre Sara y Alejandro y sus sonrisas de picardía hicieron que virara la mirada. Una pareja de jóvenes se besaba, la chica sentada en las piernas del muchacho.

--El tal Diego es un vándalo –-dijo el abuelo con severidad, levantando su brazo como el hombre de la estatua y elevando el tono de su voz para recuperar la atención de sus nietos.

--¿Un qué? –-preguntó Sara.

--Pues es... un... ¡destructor! –-enfatizó el abuelo--. Su gran hazaña es dañar las cosas –-se contuvo y miró a sus nietos con picardía--. Si por lo menos hubiera escrito una frase inteligente...

--¿Ya nos vamos? –-preguntó Sara.

Está bien, abuelo –-dijo Alejandro, siempre llamando a la conciliación--. Es el Almirante Cristóbal Colón. ¿Por qué todo comenzó aquí? Será mejor que nos cuentes o si no, ya sabes quién –-miró a Sara de reojo-- va comenzar el sirirí y se acabó el paseo histórico.

Sara miró a Alejandro con un gesto displicente y cruzó los brazos.

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