EPM • Bogotá publicó en diciembre un libro sencillamente atronador: Paisas en Bogotá”. ¡Qué libro! En un estilo que choca brutalmente con el lisonjero y ordenado de los historiadores, su autor, Carlos Gustavo Álvarez G. se jala un análisis y una descripción apasionante de la influencia paisa en la vida de Bogotá, en la construcción de sus bases, en la evolución de sus costumbres y de sus límites urbanísticos, en el sello y el carácter que un Pepe Sierra, un Pacho Montoya o un Mariano Ospina Pérez y cinco o seis docenas más de hombres verracos y capaces le dan a Bogotá.
— Gustavo Álvarez Gardeazábal, El Colombiano, 16 de marzo de 2004.
Me alegra saber que ha sido un éxito la obra de Carlos Gustavo Álvarez. Felicito a EPM • Bogotá, a la Gobernación de Antioquia y a la Casa Fiscal de Antioquia por ese esfuerzo de la segunda edición que, seguramente, va a ser retribuido con creces.
— Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia, palabras en el lanzamiento de la segunda edición, 10 de agosto de 2004.
EPM • Bogotá ha hecho posible la publicación de un libro sobre nuestra ciudad, escrito –-y muy bien escrito—, por Carlos Gustavo Álvarez G.: Paisas en Bogotá. Con el pretexto plausible de mostrarnos cómo se ha venido conformando la colonia paisa en Bogotá, Álvarez hace un recorrido in extenso de la historia de la capital, lleno de nostalgia y de encantamiento.
— Enrique Santos Molano (Juan Amarillo), Un año óptimo para la cultura, El Tiempo, 19 de diciembre de 2003.
Celebro este nuevo esfuerzo editorial de EPM Bogotá Telecomunicaciones y Aguas. Se continúa haciendo presencia en la capital, como ya hizo con Bogotá de Memoria… Gracias por permitirnos conocer la historia y por guardar para la memoria de Colombia y del mundo los hechos de nuestro pueblo.
— Álvaro Uribe Vélez, presidente de Colombia, palabras en el lanzamiento de Paisas en Bogotá, 4 de diciembre de 2003.
Ha sido grande y continuo el desfile de antioqueños que dejaban la montaña pasa asentarse en la capital, ora en la política, ora en las letras, ora en la plástica, ora en los negocios, antes que todos ellos el joven general José María Córdoba, héroe de la Batalla de Ayacucho que selló la libertad de América. El desfile es impresionante. El escritor Álvarez los va enumerando, con sus flaquezas y sus grandezas, en un estilo agradable no exento de anécdotas que se entremezclan con referencias a sus contemporáneos.
— Belisario Betancur, “De Medellín a Bogotá: el piano afinado”, prólogo a la primera edición de Paisas en Bogotá.
En Colombia ha habido gente andariega, y los paisas. Esta amena crónica de Álvarez es un oportuno recorderis de cómo las migraciones internas, en este caso la de los antioqueños hacia la capital, no sólo conformaron ese grupo denominado ‘bogoteños’, sino que contribuyeron a establecer nuestra nacionalidad y a construir hombro a hombro con los cachacos nativos esa megalópolis llamada Bogotá.
— Revista Credencial, reseña de libros, enero 2004.
Nacido en el otrora distinguido barrio Santa Fe, hoy zona de tolerancia de Bogotá, Álvarez nos da un paseo por la capital de hace un siglo para aterrizar en años recientes. Todos los imaginarios urbanos viejos y nuevos son recreados con amenidad: SanVictorino, Camino Real, El Chicó, la Pepe Sierra, El Cartucho, la Séptima, El Nogal, Chapinero y episodios o fenómenos iconográficos como El Bogotazo, Millonarios y su época de El Dorado y los gamines. En fin, un retrato vivo de la ciudad de TransMilenio, que dio un poeta como Silva.
— Jorge Iván Parra, Recomendados para la Feria del Libro, Lecturas Fin de Semana El Tiempo, 16 de abril de 2005, con motivo de la tercera edición de Paisas en Bogotá (Uniediciones).

El gallo fino

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La ciudad a la que llegó el antioqueño José María Sierra Sierra un día de enero del año 1887 no estaba sitiada de puro milagro por los ejércitos liberales o conservadores sino por la basura y el desaseo, y sobre ella gravitaba un olor a cloaca que los escritores describían en los periódicos de letra diminuta con el eufemismo proverbial de la época como “miasmas deletéreos”. Era tan angustiosa la situación que al comenzar el siguiente año tórrido e insólito de 1888, el cartagenero Higinio Cualla, primo del presidente Rafael Núñez, y que fue seis veces alcalde de Bogotá entre 1884 y 1899, remitió en su desespero a los inspectores de policía una circular pública entre perentoria y desolada: “el mal estado sanitario de la población requiere que usted despliegue mayor actividad en lo relativo al aseo y embellecimiento de la ciudad”.

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Todo por la Plata

“La Colonia ha sido siempre nuestra gran disculpa”, decía Luis Ospina Vásquez, que nació en Medellín en 1905, murió en 1977 y es considerado “el maestro de la moderna historia económica de Colombia”. Así lo calificó otro historiador, el padre de la nueva historia, Jaime Jaramillo Uribe, nacido en Abejorral, en 1917, y que llevado por su padre siguiendo el antiguo rastro de la colonización antioqueña, pasó sus primeros años en Pereira y luego se trasladó a Bogotá. Durante casi un siglo, la enseñanza secundaria remitió a millones de estudiantes al texto Historia de Colombia, escrito por el bogotano Gerardo Arrubla, que fue alcalde de la ciudad entre 1917 y 1918, y el antioqueño Jesús María Henao, nacido en Amalfi, en 1870. Como eran dos se les llamó siempre como un dúo musical: como Garzón y Collazos, Silva y Villalba, Henao y Arrubla.

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Bogotá sin Elvira

Era tan fétido el aire de la ciudad, tan espesa la nube de ultrajantes mendigos y tan descompuesto el devenir urbano en la Bogotá de 1888, que se necesitaba una lente de aumento y una esperanza más grande aún para notar que algo estaba cambiando. Siempre pasa así, porque todo cambio tiene una lentitud que riñe con la impaciencia de la constante insatisfacción humana. Y aquí son más lentas las lentitudes. La mula iba delante del tranvía. Pero el país y la ciudad atisbaban los elementos que identificaban el desarrollo del primero y la consolidación urbana de la segunda: vías y alternativas de transporte, medios de comunicación y servicios públicos. Estos últimos, ojalá domiciliarios, no sólo para quienes tenían la plata para pagarlos, sino para el mayor número de pobladores, que en lo posible se asentaran sobre un espacio urbano legalmente ordenado. Lo anterior debía complementarse con un impulso incontenible a la educación de calidad y con el fortalecimiento de un Estado que concentrara voluntades, no nóminas ni puestos ni arrogancias, y las dirigiera hacia la construcción de un futuro sostenible en un digno nivel de vida para la mayoría. Que no fuera utilizado para aplastar alternativamente desde el gobierno a quienes pertenecían al partido político contrario. Pero en ese momento, como durante buena parte del siglo siguiente, no se le podía pedir peras al olmo. “La Constitución de Rionegro, en 1863, bajo cuyas leyes se gobernó al país por veintitrés años –-escribe Eduardo Lemaitre en su libro Rafael Reyes, biografía de un gran colombiano--, ¿qué había sido sino el resultado de un régimen de facto con el agravante de estar integrada sólo por miembros del partido liberal? Y el propio Consejo Nacional de Delegatarios que expidió en 1886 la nueva Constitución política del país, ¿no había sido así mismo el fruto de un decreto del Ejecutivo, con el otro agravante de que allí el partido liberal no estuvo representado sino por el independentismo, o sea una de sus dos fracciones?”.

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