Libros como Siete lecciones espirituales de una crisis material, del periodista y escritor Carlos Gustavo Álvarez G., cumplen una función constructiva. En un lenguaje preciso y poético, que sintetiza desde la sabiduría bíblica hasta el conocimiento oriental –-y en un estilo que recuerda al Jalil Gibran de El Profeta—, Álvarez propone a los colombianos algunas reflexiones pertinentes al momento que vive el país. El amor, la sencillez, la paciencia, la bondad del trabajo honrado, el conocimiento de uno mismo y la alegría de vivir son los valores que el escritor resume en una pedagogía práctica del presente, que se puede convertir en acciones futuras.
— El Tiempo, Cosas del Día.

Una visita

El Gobernante decidió asomarse al pequeño balcón porque era el único lugar del Palacio que no había visitado en sus largas rondas de insomnio desde que comenzó la crisis.

- ¿Quién está ahí? -preguntó el guardia, al escuchar el chirrido de la puerta y atisbar una figura vacilante, mientras alistaba su arma y disponía su cuerpo en posición de combate.

- Yo -dijo el Gobernante. - ¡Identifíquese! - Soy el Gobernante.

El guardia no conocía al Gobernante. Es más: no estaba seguro de su existencia. Sólo cumplía órdenes. Podría no ser, ¿pero si era?

- No debe estar aquí, señor -dijo el guardia-. Es peligroso. - Tranquilo. Sé que cumple su deber. Pero quiero estar solo.

El Gobernante sonrió al escucharse. ¿Podría estar más solo? Al comenzar su mandato vivía rodeado de personas que saludaban una nueva era. Un político debe ser siempre una promesa. Después vino el juicio. Muchos de sus colaboradores, sus mejores amigos, terminaron traicionándolo. Hoy estaban en la cárcel.

Le pidió al guardia que se alejara. Estaría bien. Lo llamaría al menor indicio de peligro. Aunque ya se había comprobado que el menor indicio era el único: el de la muerte.

Sintió que respiraba. Era increíble que esa noche bonita y silenciosa fuera la misma para él y para sus enemigos. Y que más allá de las sombras, en el mismo instante en que él se apoyaba en la baranda, en algún lugar del país, sus compatriotas se mataran como bestias.

La guerra era cruel y triste. Y había dejado muchos muertos. Demasiados. Era imposible contarlos. En cada uno de ellos quedaba sembrada la semilla del no retorno. También en el rostro de las viudas sollozantes. En los corazones sin olvido de los niños. En las manos crispadas de los amigos. La guerra no tendría fin...

El Gobernante estaba cansado. Su pelo se había blanqueado. Su rostro no era el mismo. Solo la terquedad lo sostenía. O la convicción que le impedía inmolarse para satisfacción de sus contrarios. La sospecha, tal vez ilusa, que su muerte sólo podría empeorar las cosas.

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